
CUÁNDO NACE EL PARARRAYOS
La idea del pararrayos nace hace más de dos siglos y medio, incluso antes de que Benjamin Franklin publicara formalmente sus trabajos sobre la electricidad atmosférica.
En 1752, Benjamin Franklin publica en su famoso Poor Richard’s Almanack una propuesta innovadora para la
época: el uso de varillas metálicas en punta situadas sobre los tejados con el objetivo de proteger las edificaciones frente a la caída de
rayos.
A partir de esta idea se inicia una auténtica revolución técnica e industrial en torno a la protección contra el rayo.
Paradójicamente, estos dispositivos comenzaron a denominarse pararrayos, cuando su principio de funcionamiento se basaba precisamente en favorecer la ionización del aire y facilitar la captura de la descarga. La confianza en este sistema fue tal que, durante décadas, se llegó incluso a subestimar el riesgo, apareciendo diseños tan llamativos como paraguas con pararrayos incorporado.
En 1753, el físico ruso Georg Wilhelm Richmann, siguiendo los experimentos de Franklin,
intentó verificar los efectos de protección del pararrayos. Durante uno de estos ensayos, un impacto de rayo excitó el sistema y Richmann recibió una descarga eléctrica mortal mientras trabajaba
con parte de la instalación.
Este accidente marcó uno de los primeros avisos documentados sobre los riesgos asociados a la captación directa del rayo.
Ya en 1874, diversas publicaciones europeas comenzaron a cuestionar la eficacia y seguridad
de los pararrayos en punta, tal como reflejan artículos técnicos de la época:
http://www.filosofia.org/rev/reu/1874/n032p447.htm
Incluso en la actualidad, existen jurisdicciones —como el estado de Arizona (EE. UU.)— donde se ha prohibido la comercialización de determinados pararrayos electrónicos en punta por no aportar ventajas tecnológicas demostrables en materia de protección.
Desde entonces, la industria del pararrayos ha evolucionado y se ha expandido por todo el mundo, desarrollando múltiples modelos —simples, multipunta y electrónicos—, todos ellos basados en el
mismo principio físico:
ionizar el aire para favorecer la formación y captura del rayo en un punto determinado.
Se estima que existen millones de pararrayos instalados en edificios, industrias y torres de telecomunicaciones en todo el mundo, con cientos de modelos distintos, algunos patentados y otros no.
Durante décadas, estos sistemas se instalaron de forma masiva y sin control, lo que dio lugar a numerosos accidentes, daños materiales y pérdidas humanas. Como consecuencia, las administraciones comenzaron a intervenir, dando lugar a la creación de normas y códigos de aplicación en cada país.
Diversos estudios han demostrado que los pararrayos en punta, al incrementar la ionización, pueden generar importantes perturbaciones electromagnéticas cuando captan una descarga, concentrando el riesgo y aumentando la severidad de los efectos asociados al impacto.
El origen de las normas de protección contra el rayo se remonta a principios del siglo XX, principalmente en Inglaterra, con la aparición del denominado British Lightning Code. Este código nació como una guía técnica para estandarizar prácticas de protección en un contexto de rápido crecimiento industrial.
Con el tiempo, y a medida que el mercado se concentraba en manos de grandes fabricantes, este código fue traducido y adaptado por distintos países, manteniendo los principios técnicos originales.
En Estados Unidos, se creó la National Fire Protection Association (NFPA), encargada de
regular no solo la protección contra el rayo, sino también otros riesgos asociados a incendios y seguridad industrial.
En 1904 aparece la primera especificación técnica NFPA 78, titulada “Specification for Protection of Buildings Against Lightning”.
En 1995, esta especificación se transforma en la conocida NFPA 780, tras una actualización
formal que la convierte en norma, acumulando desde entonces más de 26 revisiones.
Es importante remarcar que, en términos generales:
Las normas de pararrayos no son de obligado cumplimiento, salvo que una legislación local así lo indique.
La propia NFPA 780 no puede prohibir el uso de otros sistemas o tecnologías de protección.
Cualquier intento de exclusión técnica debe poder justificarse legal y técnicamente.
A nivel internacional, también se reconoce la serie de normas IEC 62305, estructurada en varias partes:
Principios generales y filosofía de protección.
Evaluación del riesgo (opcional si el propietario asume el riesgo).
Protección externa: tipologías de sistemas y criterios de instalación.
Protección interna: sobretensiones y protección de redes.
Parte proyectada pero no publicada, relativa a apantallamientos y equipotencialidad, debido a su elevado coste e impacto en el diseño.
Es fundamental destacar que:
Las normas IEC 62305 son guías de recomendación, no reglamentos obligatorios.
Para justificar una instalación “según norma”, es imprescindible disponer del texto normativo y conocerlo en profundidad.
La protección eficaz contra el rayo no debe limitarse al cumplimiento formal de una norma, sino basarse en la comprensión física del fenómeno y en la reducción del riesgo en origen
Ejemplos de distintos modelos de pararrayos desarrollados a lo largo del tiempo.
A pesar de su diversidad formal (punta simple, multipunta, electrónicos, activos o pasivos), todos ellos comparten el mismo principio físico de funcionamiento: la ionización del aire para favorecer la captura del rayo.